Perfil
Mi relación con las artes visuales no es nueva, aunque ha sido, hasta ahora, menos extrovertida que mi vocación por la escritura. Podría decir que como un gran arco argumental que comienza en mi niñez, finalmente me encuentro aquí dedicado a la imagen, tardíamente, aunque habrá que creer eso de que “nunca es tarde”.
Egresado de Historia del Arte de la Universidad de Buenos Aires, tuve a los medios de comunicación como mi relación formal y a la literatura y el dibujo como mis relaciones clandestinas, pasionales y culposas. Luego de publicar una novela (Sutil Agua), dos libros de cuentos (Cien Palabras, Cuentos Privados) y retirarme de la vida profesional activa con los medios, descubrí la que sería mi obsesión full time de esta etapa de mi vida: el Diseño Asistido por Inteligencia Artificial o Arte Generativo.
No intento hacer una defensa teórica del medio, porque la definición de “lo que no es arte” ya tiene demasiada literatura fallida en la historia. Yo siento, hoy por hoy, que puedo convocar a los fantasmas de la historia visual de la humanidad con una herramienta en la que mente y mirada crean belleza y significado con engañosa facilidad. Los retoques y adiciones forman parte del secreto del oficio.
A riesgo de sonar reaccionario, creo que el ámbito de las artes visuales es la contemplación. Parece una obviedad, por otra parte, pero el mercado seduce a los artistas generativos con la comercialización de su arte como NFT, una partícula virtual, una cripto existencia que no está hecha para la contemplación sino para el coleccionismo. Un ámbito donde no entran la crítica, la historia, el placer: sus leyes son las de un mercado de valores, tramposo y confuso, pero sobre todo: invisible. Mi obra colgará en algunas paredes, así como está en las redes sociales, abriendo ventanas.