Everything is ok, dear… (trípticos del apocalipsis)

El apocalipsis se desliza con la familiaridad de lo cotidiano. Las escenas muestran hogares, ventanas y espacios íntimos que conservan una aparente calma mientras el mundo exterior se descompone. En cada tríptico, la ironía del título funciona como una plegaria o un autoengaño: todo está bien, aunque nada lo esté. La serie propone una reflexión sobre la ceguera voluntaria ante el colapso, la estética del desastre y la belleza inquietante que emerge del desorden.Cada tríptico conserva la tensión entre orden y caos, entre lo que se derrumba y lo que aún resplandece. Son piezas que invitan a pensar la fragilidad del confort moderno y la persistencia del deseo humano de encontrar belleza incluso entre los escombros.. (Ver en Colecciones)

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Nueva Colección

Near, not.

ENEAR, NOT explora el umbral entre dos presencias que se rozan sin tocarse: el rostro humano y el rostro escultórico. Ambos comparten forma, escala y frontalidad, pero pertenecen a órdenes distintos del tiempo y de la experiencia.
La piel —viva, porosa, vulnerable— se enfrenta a la piedra —erosionada, silenciosa, persistente— en una proximidad extrema que no busca fusión, sino tensión. No hay diálogo narrativo ni metáfora explícita: hay coexistencia.
Estas imágenes no hablan de identidad como reflejo, sino como fricción. El otro no confirma al yo: lo interroga. La cercanía no garantiza comunión.
El título introduce una negación decisiva: near, not. Cerca, pero no. Próximo, pero irreductible.
En esa distancia mínima habita la conciencia: la certeza de que lo humano solo se reconoce plenamente cuando acepta aquello con lo que nunca podrá confundirse. (Ver en Colecciones)

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Y la orquesta siguió tocando…

En Y la orquesta siguió tocando, la catástrofe no es un accidente ni un fondo espectacular: es el estado del mundo. La ciudad arde, colapsa, se descompone. Sin embargo, en medio de los escombros, los músicos permanecen. Afinan. Leen partituras. Sostienen la forma.

Esta colección no retrata la negación ingenua de la tragedia, sino una decisión consciente: la de preservar lo humano cuando todo invita a abandonarlo. Aquí no hay distracción ni ironía cínica; hay una resistencia silenciosa. La música no salva la ciudad, pero salva algo más frágil y más decisivo: la civilización como gesto.

Porque tocar no es una estrategia de evasión, sino una forma de responsabilidad.Los músicos —vestidos de gala entre ruinas— encarnan una paradoja esencial: cuando el orden externo se disuelve, el acto estético se vuelve un acto moral. La belleza deja de ser ornamento y se convierte en último bastión. No como consuelo, sino como afirmación.

Y la orquesta siguió tocando propone así una pregunta incómoda y urgente: ¿qué vale la pena sostener cuando ya no hay garantías? (Ver en Colecciones)

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